El mundo tras el cristal

Mi mundo es amplio, mucho más de lo que necesito. Todavía no he sido capaz de verlo entero, y con los años creo que estoy empezando a desistir sobre la idea de poder hacerlo. Sé que a mis espaldas hay una casa de piedra con un gran tejado cubierto de nieve. Tiene una puerta de madera y tres ventanas que producen destellos cuando hay luz. Yo nunca la he llegado a ver, pero todos dicen que es muy bonita.
A mi lado hay un abeto nevado del que sólo consigo intuir un par de ramas. Un pastorcillo me dijo una vez que aquel árbol era el doble de alto que yo. Desde entonces, en las tormentas, vivo con el miedo de que pueda vencerse sobre mí. Entre mis manos sujeto un hacha bastante afilada y, a mis pies, hay un tocón y un leño preparado para ser partido por la mitad.
Soy leñador, o eso creo. No recuerdo haber partido madera en mi vida, y ese trozo de leña lleva ahí desde que tengo memoria. Aunque no me gusta decirlo, creo me daría pena tener que cortarlo si algún día me viera obligado a hacerlo.
Fuera, tras el cristal, existen otros mundos. No muchos, o no muy diferentes al mío. Al final son todos demasiado parecidos. El más lejano pertenece a un anciano que viste de rojo. No es muy dado a hablar, y cuando lo hace, sólo se dirige al reno que vive con él. Entremedias de ese mundo y el mío, se encuentra el de Flake. Él está solo, pero asegura no importarle. «Si compartiera mi mundo con alguien más, su calor podría derretirme», suele decir. Flake es un muñeco de nieve. Una gran bola hace de cuerpo y otra más pequeña forma su cabeza; sus brazos son dos ramas y su nariz una zanahoria. Sobre su cabeza tiene una chistera y lleva el cuello cubierto por una elegante bufanda.
—¿Y el calor de esa bufanda no te derretirá? —le he preguntado alguna vez.
Pero nunca me ha contestado. Creo que no le gusta que le haga esa pregunta, después se enfada y no me habla durante un par de días. Cuando vuelve a hablarme, lo hace como si no hubiera ocurrido nada o como si acabara de despertar de la noche.
—Esta noche ha sido muy larga, creo que tengo las ramas entumecidas. —Nosotros sólo salimos al exterior un mes al año, y todo el tiempo que estamos guardados lo denominamos «noche». Al despertar, Flake siempre dice lo mismo—. ¿Todavía no has cortado ese leño?
—Yo no siento el hacha —bromeo—. Pero en cuanto pueda, le daré el golpe más fuerte que hayas visto jamás.
Flake también sabe que nunca lo haré, por eso se ríe. Después nos reímos juntos.
Este año, al despertar, no bromeó sobre mi leño. Tampoco dijo nada de mi casa ni de si veía el abeto algo inclinado sobre mí. Me saludó con cierta pesadumbre, diciendo «Hola, leñador». Nada más.
A continuación, todo se tiñó de blanco.
Los primeros días, cuando los humanos nos colocan para adornar sus hogares, son los días que más tormentas hay. La nieve cae del suelo al cielo para volver sobre nosotros. Puede durar segundos o minutos, pero nunca no solemos hablar hasta que no para. Por eso, me extrañó oír su voz:
—Leñador, ¿estás ahí?
—Sí, Flake, aquí estoy —contesté—. Resistiendo.
—Eso está bien —dijo él.
Cuando no manoseaban y jugaban con los pastorcillos del belén, los niños humanos jugaban a ver quién podía levantar más nieve en nuestros mundos.
—Antes, cuando desperté, me di cuenta de que me faltaba uno de mis botones —siguió Flake.
—Oh, vaya —logré decir.
En ese instante, se levantó una nieve tan fuerte que creí que podría volcar hasta mi casa. Los copos de nieve impactaban contra mi cara con violencia; los niños humanos, tras el cristal, reían mientras nuestros mundos parecían venirse abajo.
Y en un instante, todo se paró.
Un golpe seco acalló las carcajadas de los niños. Yo no sabía que ocurría. La nieve todavía flotaba por mi mundo y no era capaz de ver nada. Para cuando todo se calmó, mi mundo estaba colocado en la estantería, en el lugar de siempre. Pero sólo estaba yo. Los mundos de Flake y el anciano de rojo todavía estaban en manos de los niños, que por entonces ya no gritaban ni reían. Estaban cuchicheando algo que no era capaz de escuchar, pero que no me daba buenas sensaciones.
Primero colocaron el mundo del anciano, que parecía estar como siempre. Después hicieron lo mismo con el de Flake.
—Flake, ¿qué ha pasado?
Parecía bastante obvio, pero no sabía qué decir. La voz de Flake era un leve susurro, casi inaudible.
—Estaba en mitad de una fuerte tormenta cuando sentí un golpe tan fuerte…—apenas podía hablar—…y el sonido. El sonido fue lo peor.
El cristal que delimitaba su mundo estaba quebrado, y en el lugar del impacto había aparecido una telaraña de grietas que se extendía por toda la bola.
—Seguramente puedan arreglarte —le dije—. Igual que te han roto, también pueden cambiar tu cristal.
Ambos sabíamos que era mentira. Cuando los adultos humanos se dieran cuenta, tirarían a Flake a la basura y comprarían otro mundo diferente.
Flake no dijo nada más hasta pasadas un par de horas. Quizás entonces se dio cuenta de que no tenía dos días para estar callado, y que después no podría hacer como si nada hubiera pasado.
—Leñador —me llamó.
—Dime, Flake.
—Espero que algún día logres ver tu casa y tu abeto —dijo.
—No son tan importantes…—respondí.
Flake meditó sobre aquello durante unos segundos.
—Lo son—dijo finalmente—. De cualquier forma, si pudiese haber compartido mi mundo con alguien, sería contigo.
Flake se marchó al día siguiente, y a las dos semanas fue sustituido por otra bola de cristal.
Desde entonces, siento que mi mundo es todavía más amplio, mucho más de lo que necesito.

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