Oscuridad

No llovía desde hacía dos o tres lunas llenas, y la pala se hundía en la tierra con dificultad, con más de la que Manuel deseaba.
Bill el Sabio decía que estaban en época de sequía, pero no era necesario ser muy sabio para darse cuenta de algo tan obvio. Después, tras un par de tragos de vino, se atrevía a presagiar que las lluvias llegarían cuando el cielo se tiñera de rojo.
Por supuesto, nadie del campamento creía en sus habladurías. Nunca se había cumplido ninguna de sus predicciones, así que tampoco tenían motivos para pensar que aquella pudiera ser la primera. Bill no era sabio, sólo un paleto al que le gustaba hablar de más. Su apodo era una burla, como el de los demás miembros de la banda. Por ejemplo, estaba Gabriel el Orador, que era tan buen explorador como tartamudo; Daniel Ojos Claros, líder del clan y ciego de nacimiento; Jaime el Flaco, que con lo rápido que cavaba era extraño lo gordo que estaba; o Bill el Tonto, que no era tonto, pero ese fue el único mote que se les ocurrió para diferenciarlo del otro Bill.
Por su parte, Manuel era conocido como Manuel el Valiente. Eso se debía, principalmente, por su miedo a la oscuridad. Él se justificaba diciendo que no le temía, que más bien, lo que le acojonaba era dejar de ver la luz. Era una forma absurda de negar la realidad. Pero él se la creía, y con eso bastaba. Al final, mientras todos cavaran o ayudaran a encontrar el Tesoro del Bosque Perdido, lo demás carecía de importancia.
Manuel estaba metido en el décimo hoyo que cavaba aquel día; el segundo en plena noche. Desde que acamparon allí, ya habían levantado la mitad del bosque y derribado un tercio del total de los árboles. Cada día desgastaba más que el anterior, y cada foso sin respuesta generaba más dudas. Algunos de los muchachos no tenían claro que ese fuera el Bosque Perdido, o si la búsqueda seguía mereciendo la pena. Incluso, los gemelos Jim y Tom decidieron abandonar la expedición. Pero Manuel no conocía a nadie tan inteligente como Daniel, y sabía que acabarían dando con el oro. Así que, mientras tanto, él seguía cavando.
En el suelo, fuera de su foso, un farol de aceite alumbraba el agujero que estaba perforando. Había más luces repartidas por el bosque, una por cada compañero que también cavaba, y un par hogueras allí donde tenían levantado el campamento. Sin embargo, eso no le evitaba pensar en la fina línea que le separaba de la oscuridad. Que pudiera ver los faroles de sus compañeros no implicaba que estuvieran cerca, del mismo modo que la falta de lluvia tampoco hacía que la predicción de Bill el Sabio fuese real.
Y si eran ciertas sus palabras, que el cielo se tiñera de rojo de una puta vez. Cada día sin llover endurecía más la tierra y les obligaba a un mayor esfuerzo, a un mayor deterioro. Manuel golpeó la pala contra el suelo, con rabia y sin sentido. Vio la llama de su farol bailar al compás del aire que su movimiento había generado, y se estremeció. Su frustración se transformó en miedo en menos de un segundo, para acabar sintiéndose aliviado al ver la llama volver a erguirse.
Aliviado y exhausto, Manuel apoyó la espalda contra la pared del foso, y el tiempo dejó de correr. No podía parar de observar la llama; era hipnótica. Irradiaba vida y, al mismo tiempo, consumía el aire que la rodeaba. Temblaba, pero tenía fuerza. Era como él mismo.
Manuel se puso en pie de nuevo, esta vez con ánimos reforzados para seguir buscando el Tesoro del Bosque Perdido. Hundió la pala un par de veces y tiró la tierra fuera del foso. Luego siguió una tercera y una cuarta. Sin levantar la cabeza, sin mirar nada más. A la quinta, respiró. Levantó la cabeza y miró a su alrededor. Instantáneamente, deseó no haberlo hecho.
La luz de su farol era la única encendida en el bosque; todo lo demás era una negrura sin forma ni fin. Los faroles de los que estaban cavando se habían apagado, al igual que las dos grandes hogueras donde descansaban los demás compañeros.
Manuel agarró el asa del farol y lo alzó hasta la altura de su cabeza. La llama iluminó su rostro ajado y descompuesto. No sabía si correr hacia el campamento o correr hasta que sus piernas no dieran para más. Pero, finalmente, hizo honor a su apodo y optó por la primera opción.
Cuando estaba a menos de veinte metros, una gota se deslizo por su frente. Manuel miró hacia el cielo buscando el cielo rojo del que Bill el Sabio tanto hablaba, pero no vio nada. Todavía era de noche, y las ramas de los árboles eran frondosas y altas. Levantó el farol todo lo que pudo, alumbrando al cielo, y el cielo le respondió con una nueva gota. Esta vez, Manuel se llevó los dedos a la cabeza y comprendió que era sangre lo que comenzaba a llover.
—Jim creía que ibas a salir corriendo, y yo aposté a que volverías —dijo Tom.
Manuel se giró y vio a los gemelos sentados frente a las ascuas de la hoguera apagada.
—Qué…—fue todo lo que pudo decir.
—Es la cabeza del ciego —Jim señaló hacia una de las ramas—. El muy cabrón sabía dónde estaba el tesoro, y nos hacía perder el tiempo. Así que le hemos hecho devolvérnoslo.
—¿Y los demás?
—En los fosos. —Tom señaló otro árbol—. Menos al Sabio, que también debía teñir el cielo de rojo.
—”¿Y yo?”, estarás pensando —dijo Jim—. Tenía un gran destino preparado para ti, pero perdí la apuesta. Así que mi hermano decide qué hacer contigo.
Tom se acercó hasta quedarse a centímetros de él.
—Es momento de demostrar tu valentía. —Le quitó el farol de las manos y sopló la llama.
Después, todo se volvió oscuro.

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